GUARAGUAO #26
invierno 2007
País, de Yolanda Pantin
por Lorena Bou Linhares
These things you don’t forget
El purasangre en la portada del libro fue posesión y honra de la familia Pantin: llamado Gradisco, resultó victorioso en 17 carreras. Pero esa foto en el poemario –Gradisco jineteado por Manuel Camacaro– asoma el cierre de la venturosa trayectoria hípica. El 5 de agosto de 1961, montado por el mismo Camacaro, Gradisco sufrió la torcedura de su pata derecha, lo que acarreó el fin de sus victorias. La imagen de lo aciago en lugar de lo invicto es símbolo de lo que los poemas contienen. En este su doceavo poemario, Yolanda Pantin no deja lugar a los festines porque reescribe el país de sus antepasados y el de su infancia –así como la geografía y el paisaje– bajo los signos de la violencia, el paso del tiempo y lo que la memoria desvela. De reciente publicación,
País no se asemeja a la actual Venezuela politizada; es el país de la autora visto a través de la saga familiar y la reconstrucción de variedad de voces atadas al lugar donde habitan.
Dividido en siete apartados, en el primero es donde se instaura el espejeo entre la ascendencia de los Pantin y el entremado nacional de colonialismo, esclavitud, sublevaciones, emancipación e inestabilidad. En oposición a un discurso de heroicidades, los poemas secuencian el testimonio del migrar, las revueltas de esclavos, las guerras de independencia y la crudeza inherente a dicho contexto. No es azaroso el epígrafe con el que se inicia esta sección: «No soy yo quien te engendra. Son los muertos» (Borges). Como si de una nekrópolis se tratara, los poemas dejan ver que la genealogía y, por ende, el pasado son reductibles a la muerte y el dolor.
En continuidad con este renombrar de la memoria –remontarse al ayer hasta alcanzar los límites de la desmemoria–, el segundo y tercer apartados refieren la heredad más inmediata: el abuelo, el padre, la madre, otros parientes y conocidos de antaño. Pero lo que destaca no es sólo la visibilidad (leíble) del recuerdo, sino la certidumbre del paso del tiempo en todas y cada una de las historias. Esta constatación (que todo ha dejado ya de ser) es precisamente lo que motiva la escritura; las pérdidas, nombrándolas se resisten al olvido. La propia Yolanda Pantin ha dicho que el libro contiene «un testimonio mío», «personajes de [su] familia a los que por primera vez trataba». El mandato –tal y como se titula uno de los poemas– es, pues, rearticular el entramado de la pertenencia: «Tú me escogiste para hablar por / nuestros muertos».
En buena medida, parte de la obra de Yolanda Pantin remite al entorno familiar y originario, lo que ha hecho que Turmero –pueblo venezolano de don-de es oriunda la autora– constituya ya un signo en su poesía. Sin embargo, en País, las referencias lugareñas sobrepasan los límites de lo propio para albergar una toponímia profusa, en la que pueden leerse otros modos de posesión. Configurados en forma de diálogos, los poemas del cuarto apartado son voces que entre hablan, conversaciones que escapan a cualquier reducción temática; pero donde se deja entrever –al menos en determinados poemas– el horror del patriotismo. El acercamiento al país desde la geografía constituye el testimonio de seres anónimos, in-formes y tal vez fantasmales; hablantes para quienes la tierra (ayer y siempre) entraña un campo de batallas. A partir de este punto, el poemario inicia un nuevo recorrido: otros topónimos motivan la escritura –adscritos como paisajes, abstracciones, caos, leyenda– y además –como en muchos otros libros de la autora– el tratamiento de la poesía se hace poema.
Con País –quizás por el propio título–, puede decirse que lo escrito es más o menos referencial y transfigurativo a la vez, pero habría que mirar de nuevo la portada del libro. Lo que el poemario contiene desestima victorias; así, la catástrofe del estado Vargas –el desplome de sus montañas en el lluvioso diciembre de 1999– es alusión o centro en más de un poema. Puede decirse entonces que el país hecho escritura se despliega desde lo adverso, así como desde la crispación.
Los recovecos
Entre los versos, a ratos se inserta un entramado narrativo (o igualmente poético) que es reescritura de textos de otros autores. Varios de los poemas en País no sólo recrean códigos distintos –crónicas, informes, diálogos, manifiestos–, sino que se sitúan en un espacio discursivo de vinculación con textos precedentes. Que lo leído por la escritora sea herramienta para construir un poema y que esto se advierta en las notas al final del libro, pone de manifiesto que el país de la memoria o la geografía o la nación es asimismo –y de manera deliberada– la inagotable metamorfosis de lo escrito. Si para juguetear con el mapa del territorio venezolano basta con ensamblar una frase del historiador Mariano Picón Salas con otra de la activista popular Yasmín Manuitt –como sucede en «Santa Inés»–, lo que el poema asoma es una nueva red de significados. Se trata del país versionado a través de la relectura, lo que hace del mismo no sólo el espacio de lo heredado, lo vivido o lo imaginable («país perdido», «país soñado»), sino también una plataforma de renovación a merced de las transformaciones de la palabra. Y es aquí –ante la conciencia del uso del lenguaje– donde el poemario incluye pasajes de ironía y humor, a la manera del poema «Encuentro de vocativos en la Casa Nacional de las Letras»: «–¡Poeta! / –¡Poeta! / –¡Poetas!».
Para Yolanda Pantin, lo que motivó la escritura del libro fue la necesidad de armar el «rompecabezas» en torno a su relación con Venezuela y el hecho de ser venezolana. Según muchos, ser de un país lo define el nacimiento o la crianza, mientras que otros ––como el escritor Max Aub– aseguran que se es de donde se hace el bachillerato. En País no hay proposición alguna –ni seria ni jocosa– que designe el elemento que otorga el pertenecer a. Lo que la escritura reitera es ciertamente la heterogeneidad que rodea a dicho sentimiento.
País
Yolanda Pantin
Fundación Bigott
Caracas, 2007
176 pp.

